lunes, 27 de noviembre de 2006

La memoria que duele

Era un domingo nublado; típico día que se prestaba para la reflexión y la melancolía. Liliana García, de 55 años, se había levantado temprano para ir a comprar los diferentes diarios. Ella era una fanática de las noticias, y esto era lógico, ya que era periodista. Sin embargo, esa mañana estaba triste y no tenía a nadie con quien canalizar su angustia, porque vivía sola. Además, siempre había sido muy reservada, introvertida y daba la impresión de ser alguien muy poco feliz.
Leyó uno por uno los periódicos, mientras tomaba sus mates amargos y se fumaba el primer cigarrillo del día. Sin embargo, su cabeza estaba en otro lugar y cada rato se quedaba quieta fijando su mirada en la pared. Luego, se largó a llorar como hacía tiempo no lo hacía. Después de un rato, se dirigió al baño, se lavó la cara, y pasó por su dormitorio. Abrió un cajón que tenía abandonado y casi nunca lo tocaba. De allí sacó dos fotos. De inmediato, agarró su abrigo y cartera y salió.
Camino sin rumbo durante casi una hora, mientras se fumaba un cigarrillo tras otro. Finalmente llegó a la puerta de una casa, que daba el aspecto de abandonada. Tenía unas rejas bajitas, color blanco; un jardín con los pastos muy crecidos, y una puerta de chapa, que parecía estar baleada. Liliana abrió la puertita de las rejas e ingresó. Luego, permaneció inmóvil durante unos cuantos minutos, hasta que se arrodillo en el pasto y nuevamente rompió llanto. Al rato, se sentó y sacó las fotos de su bolso. Las miró una y otra vez. En ese momento, remontó su memoria hacia el pasado.
Comenzó a recordar, cuando ella tenía 23 años y casi estaba terminando su carrera. Su papá, llamado Carlos, estaba muy orgulloso de ella, ya que él era un obrero y jamás había podido estudiar. Sin embargo, ambos compartían una misma pasión, que era la política. Desde muy pequeña, Carlos, le había explicado quién había sido Perón y las cosas buenas que había hecho para el país, pero por sobre todas las cosas para con la clase trabajadora. Liliana mamó esta admiración por el peronismo, y cuando llegó a la facultad no dudó en incorporarse a una agrupación, y esa fue La Juventud Peronista.
Liliana participaba activamente en su agrupación, y fue en una marcha donde conoció a Horacio. Durante el reclamo se generaron corridas, la infantería estaba reprimiendo y ella, en la corrida, se había caído. Fue Horacio, quien sin conocerla, la agarró del brazo y la sacó de ese caos. Así fue como nació el amor entre ambos.
En el país las cosas estaban cada vez peor. Como jefe de gobierno estaba Isabel Martinez de Perón, quien se notaba que no tenía la capacidad para resolver el conflicto social. La economía se caía en pedazos, y mientras tanto, empezaba a actuar la Triple A. Fue entonces, cuando Horacio y Liliana notaron que algo malo se avecinaba, ya todos sus compañeros de militancia hablaban de la posibilidad de un golpe de estado. Es ese lapso Liliana se recibe de periodista y al poco tiempo se casa con Horacio. Su casamiento fue sencillo, sólo por registro civil, y participaron de un almuerzo las personas más allegadas. Como no tenían donde vivir, decidieron mudarse a la casa del papá de Liliana.
El 24 de marzo de 1976 se desayunan con un comunicado, que decía que la Junta Militar había tomado el gobierno. Esta noticia desestabilizó tanto a Liliana, como a Carlos y a Horacio. Ella estaba a punto de dar a luz a su primer hijo, quien se llamaría Juan, como el General Perón. Sin embargo, sabían de que debían mudarse de un lugar a otro para no ser capturados por los militares.
Mientras tanto, seguían reuniéndose todas las noches con sus compañeros de militancia. En esas largas noches de charla, Horacio hacía entender a los demás, y a la misma Liliana de que tenían que seguir unidos y derrocar de alguna manera a ese gobierno de facto.
El 5 de abril nace Juan, por parto natural. Liliana sólo permaneció un día en el hospital y de inmediato volvió a su hogar, no era seguro exponerse. Sin embargo, a partir de allí su vida se volvió un caos. Junto con el bebé, Horacio y su padre, quien también participaba activamente en el sindicato de los obreros, debieron trasladarse de una casa a otra. Horacio le decía a Liliana todos los días que estaban marcados, y que no faltaría mucho para que lo vayan a buscar. Al mismo tiempo, debieron cambiar su aspecto. Horacio y Carlos se dejaron la barba, usaban anteojos y se vestían más formales. Mientras que Liliana, se había dejado el cabello más largo y teñido de color caoba; y había optado por abandonar su ropa hippie por trajecitos.
Era un sábado a las 8 de la noche, cuando Liliana decide dejar a Juan con Horacio y Carlos, mientras ella se iba a juntar con sus colegas a redactar las noticias de la semana, para unos panfletos que circulaban clandestinamente. Se despidió como de costumbre, avisándoles que volvería cerca de la medianoche.
La casa de su colega quedaba tan sólo a dos cuadras de su hogar. Cuando eran las 10 de la noche, Liliana oyó el ruido del motor de un helicóptero. Al rato se escucho una seguidilla de disparos, que no cesaban. Entre sus amigas comentaron que, seguramente, los hijos de puta de los milicos estarían fusilando a alguien. Sin embargo, Liliana sintió una gran angustia. Al rato de esta situación, ella decidió retirarse de la reunión. Camino hacia su hogar, con el presentimiento de que algo malo había ocurrido. Cuando llegó a la esquina de su casa divisó que había varios patrulleros. Preguntó que había ocurrido, pero los vecinos no le querían decir nada. Liliana corrió desesperada, a los gritos, al observar que su hogar estaba todo baleado. Intentaron pararla, mientras que un señor se acercaba. Ese mismo señor le pidió que se identifique. Al saber quien era, solamente le dijo: Lo lamento mucho. Tres fueron las víctimas de este enfrentamiento, entre ellos, su padre, marido e hijo.
Liliana abrió los ojos, y se encontraba otra vez en aquel jardín, que hacía 30 años no pisaba. Estaba ahogada en lágrimas y abrazaba la foto de Juan, Horacio y Carlos, balanceándose. Luego se paró, miró por última vez la casa, las fotos y con mucha fuerza grito: ¡Justicia! ¡Nunca más!...