-¡Sandra escóndete por favor! Los milicos están en la calle y me parece que me vinieron a buscar.- No mi amor, como te voy a dejar solo.¡Yo me quedo acá!.Que nos lleven a los dos…
- Vos te metes en el placard, cuida a nuestro futuro bebé y no salgas por nada del mundo. ¿Entendiste?
Fue esta las últimas palabras que oyó Sandra de Juan, su esposo. Luego, ella escucho que ingresaron unos cuantos hombres, quienes trataban violentamente a su marido, diciéndole dónde estaban los “zurditos” de sus compañeros y que lo iban a hacer boleta.
Sandra recuerda que estuvieron varios minutos revolviendo toda la casa, aunque el único sitio que no pesquisaron fue el placard, lugar donde estaba escondida ella, junto a su panza de cinco meses de embarazo. Luego escuchó ruidos de motores, que le hicieron recordar a de los falcones, y al rato todo quedo en silencio. Al principio, ella había quedado inmovilizada, no podía reaccionar. Sin embargo, las fuertes contracciones hicieron que saliese de donde estaba escondida.
La sorpresa fue mayor cuando divisó todo su hogar revuelto. No podía controlar su llanto desesperado, por su impotencia de no poder hacer nada y de no saber que futuro le depararía a Juan. Se dirigió como pudo a la cocina y fue allí donde observó que arriba de la mesa había un libro de García Márquez que chorreaba sangre. Ahí empezó a entender lo que estaba ocurriendo.
Después de un rato, y recién cundo pararon las contracciones se dirigió a la casa de su hermana Mirta, quien también había militado en la Juventud Peronista, y desde hacía un tiempo de trasladaba de una casa a otra para no ser encontrada por los militares. Su hermana intentó tranquilizarla y explicarle que lo mejor era esperar unos días para averiguar sobre el paradero de Juan.
A los días de aquel trágico episodio, Sandra junto con Mirta se acercaron a la comisaría más cercana. Allí radicaron la denuncia correspondiente, contando a medias tintas cómo fueron los hechos. La respuesta del policía que les tomó la denuncia fue que había que esperar, pero que ellos se encargarían de averiguar donde estaba su esposo. Lo cierto fue que los días pasaban y no tenían noticia alguna de Juan.
A los 15 días, Sandra volvió a ir a la misma comisaría. Esta vez, la respuesta fue que Juan Altamirano se encontraba, en lo que hoy, 30 años después del golpe de 1976, se conoce como “El Pozo de Bandfield”. Además, le habían dicho que no intentase ir ya que iba a ser en vano, no lo iba a poder ver, ni tener contacto con él.
Sandra le contó esto que le habían dicho a su hermana, pidiéndole que la acompañase hasta
Bandfield. A Mirta le pareció una locura, porque creía que si iba, a ella también la iban a detener ahí. No obstante, luego de discutirlo por largas horas, llegaron a la conclusión de que irían.
Mientras tanto, Sandra aún recuerda aquel sentimiento de vacío e impotencia que sentía. No entendía porqué se lo habían llevado, si lo único que quería su marido era cambiar el país para que todos estuviesen mejor. Además, se preguntaba que pasaría con el hijo que venía en camino. Aunque estaba segura, por aquel entonces, de que Juan lo iba a conocer.
Ya había pasado un mes, y no sabían nada de Juan. Era momento de ir hasta Bandfied. Esa mañana se había levantado con la esperanza de encontrarlo y de que se acabase esa pesadilla. Por este motivo y sensación, se dirigió a Bandfied junto con Mirta. Al llegar, nadie le prestaba atención, hasta que después de algunos gritos de Sandra se acercó un comisario, quien las hizo pasar a su escritorio. Mirta relató los hechos, ya que Sandra no podía pronunciar palabra debido a su angustia. Según cuenta Sandra, el comisario parecía desinteresado y desplegaba una sonrisa irónica mientras su hermana hablaba. Luego de escucharla, la respuesta de aquel señor fue: “No busquen más a Juan. Él ya está en la calesita”.
Ninguna de las dos entendió esta respuesta en aquel entonces. Prefirieron pensar de que aquel comisario no sabía nada y había dicho lo primero que se le ocurrió. No obstante, los meses pasaron y en ese lapso nació Ignacio.
Hoy, Ignacio tiene 30 años y no conoce más que por foto a su padre. Sandra se ha encargado de contarle una y otra vez cómo y en qué circunstancia fue la última vez que vio a Juan. Ella dice que jamás se podrá olvidar de aquel 20 de julio de 1976, y que vivirá por siempre en su memoria emotiva aquel día. Sin embargo, está segura de que su historia de amor con Juan sólo cambió de escenario y que cuando Dios quiera la continuarán en otro lugar.
