lunes 27 de noviembre de 2006

La intimidad de la guerra

- Crítica " Los Pichiciegos" de Fogwill -


Rodolfo Forgwill con su cuento “Los Pichiciegos”, busca describir cómo vivía un grupo de soldados argentinos, en la isla, mientras transcurría la guerra de Malvinas. Es una historia ficcional, pero contiene, al mismo tiempo, reseñas verídicas y muy gráficas, al contar los pormenores de la guerra.
Los Pichis, se hacían llamar unos colimbas, que se habían escapado del Ejército Argentino, y para refugiarse habían escavado bajo tierra un sitio donde alojarse. Entre la oscuridad y la mugre intentaban sobrevivir, con la esperanza de salir el día que terminase el conflicto bélico. Dentro del grupo había jerarquías, es decir, había algunos hombres que imponían su poder sobre otros. Es aquí, donde se produce una paradoja, ya que si bien se habían escapado del ejército donde pertenecían para evadir las autoridades y no exponerse a órdenes, en el nuevo lugar que habían elegido y se sentían protegidos, también estaba presente esta división de poder.
Este es un excelente relato para conocer, más allá de lo que se pueda ver hoy en algunos filmes, las cosas por las que tuvieron que pasar más de un argentino que, por aquel entonces era muy joven y, fue enviado a una guerra, cuyo final era anunciado. Es decir, Fogwill de ha encargado de describir, cómo aquellos soldados tenían que negociar con los ingleses para conseguir alimentos, cigarrillos, polvo químico, entre otros, para sobrevivir. Además de señalar en la falta de higiene en que se encontraban, y los escasos recursos bélicos que tenían para enfrentar una guerra con una gran potencia, como lo era Inglaterra.
Por otro lado, está historia se basa en diálogos, por lo cual es muy llevadera su lectura y, al mismo tiempo, da a conocer cómo pensaban éstos jóvenes argentinos. Es decir, relata el antagonismo, entre quiénes aún, trascurrido casi seis años del golpe, no conocían las atrocidades que había cometido la Junta Militar, y quienes eran conscientes del terrorismo de estado y defenestraban la figura de Galtieri y Videla.
En esta historia no vamos a encontrar una postura a favor de la guerra, y tampoco se alza la bandera de la paz. Es decir, se trata de relatar cómo fueron los hechos, sin desprenderse de la realidad. El final de este cuento es inesperado y por ende, digno de ser leído.

La vida nos da sorpresa

Gabriel era un joven de 25 años que trabajaba en una oficina hasta las ocho de la noche, y que luego practicaba tenis en un club cerca de su hogar. Todas las noches iba a practicar este deporte, porque era una manera de canalizar la angustia que sentía, ya que hacía dos meses se había peleado con su novia, Lorena, con quien había compartido tres años de su vida. Como todos los días se dirigía al club con Joaquín, un amigo que le hacía el favor de jugar con él. Luego de una hora de entrenamiento, iban a bañarse y después, pasaban por el bufete. Allí, trabajaba como moza Daniela, una morocha muy bella de rostro, pero poco atractiva en su vestimenta. Solía usar remeras y pantalones holgados. Joaquín le insistía a Gabriel con que debía olvidarse de su ex, de que ya no valía la pena sufrir por una historia que no llegó a buen puerto, y que debía empezar a fijarse en otra mujer. Sin embargo, Gabriel no tenía intención alguna de sacar de su cabeza a Lorena.
Pasaron dos meses, y Gabriel seguía visitando el club, como lo hacía cotidianamente. Para aquel entonces, se entendía muy bien con la joven moza. Ella cada vez que lo veía cruzar la puerta se desesperaba por saludarlo, y al instante estaba al lado de la mesa preguntándole que iba a tomar. Con una gran simpatía lo indagaba sobre como había sido su día y cada tanto lo hacía sonreír. Se notaba que Daniela estaba encantada por aquel muchacho. Sin embargo, Gabriel no demostraba sentir lo mismo, pero no se negaba a aceptar la seducción de la moza.
Era viernes, y Gabriel se dirigía, como siempre, a jugar al tenis. Luego de practicar el deporte se acercó al bufete. Esa noche no había reconocido a Daniela. El aspecto de ella había cambiado drásticamente. Ya no llevaba puesta esa ropa ancha, sino que portaba una minifalda negra, y una remera ajustada a su cuerpo. Además, había abandonado sus alpargatas por unos altos tacos. Este cambio sorprendió a Gabriel, quien sintió, en ese mismo instante, que se había vuelto a enamorar.
La moza se acercó a la mesa, pero con actitud muy sensual, moviendo sus caderas en cada paso y manteniendo su mirada firme hacia los ojos de Gabriel. Él se perdió en los ojos de esta morocha, y por un instante la desnudó con la mirada. Parecía no existir más nada en aquel lugar, salvo ellos dos. Una vez al lado de la mesa, ella le hizo una sonrisa cómplice, que fue devuelta por la de Gabriel. Luego de unas palabras ella le guiñó el ojo y se dirigió hacía afuera. Gabriel pudo divisar que había ingresado en una habitación en donde se guardaban elementos de tenis. Dejo pasar unos minutos y fue en busca de aquella moza, que esa noche lo había excitado con solo mirarla.
Cuando ingresó al cuarto, estaba oscuro pero sonaba de fondo una bella canción de Ismael Serrano, la cual escuchaba Gabriel hace tan sólo unos meses atrás. Mientras caminaba y se resbalaba con las pelotitas, sintió que una mano muy suave lo agarró su mano. Luego, esa misma mano, lo arrojó al piso. Y de repente, una pelotita de tenis, dirigida por esa mujer, comenzó a recorrer todo su cuerpo. Primero por el cuello, deslizándose hacia su pecho y luego bajando hasta la cintura. Mientras tanto, unos besos llenos de pasión se encontraban con los labios de él. Gabriel se dejaba llevar por la situación, pero al mismo tiempo, devolvía tantos mimos. Comenzó por tomar esa misma pelota que había recorrido su cuerpo, y la trasladó al de ella. Primero por sus pechos, luego por esa cintura tan pequeña, hasta desembarcar en el medio de las piernas de ella. Al instante, la ropa de ambos cayó, como caen las hojas en otoño, y sus pieles se rozaron una y otra vez. Los besos pasaron de ser suaves hasta transformarse en salvajes. Los suspiros eran inevitables, e iban al ritmo de la canción de Ismael, que seguía sonando de fondo. Las caricias los llevaban hacia un mundo del cual no querían regresar. Y sus cuerpos no paraban de estrecharse.
Luego de unos largos minutos, que para ellos fueron eternos, se prendió la luz del cuarto. Ella tenía su rostro cubierto por el cabello. Sin embargo, Gabriel reconoció esa piel y figura. No era algo nunca visto por él, como sí lo hubiese sido el cuerpo de la moza. Era ese cuerpo que desde hacía cuatro meses venía extrañando y deseando volver a tocar, era el cuerpo de Lorena.

Una ideología que fue salvada por voces disidentes

Uno de los objetivos de la dictadura militar, llevada a cabo desde 1976 hasta 1983, era eliminar aquellas ideas que no estuviesen de acuerdo con lo que ellos pensaban. Por este motivo, usaron distintas metodologías, como la censura, la quema de libros, el miedo, las desapariciones de personas, entre otras. A pesar de todo esto, hubo escritores y periodistas que en las sombras siguieron relatando la realidad de lo que ocurría en el país. Estas escrituras, no sólo que se transformaron en las letras de la disidencia, en aquel entonces, sino que también se convirtieron en el legado de una forma de ver y entender el mundo que ha perdurado hasta hoy.
La Junta Militar, que estaba conformada por el general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera, y el brigadier Orlando Ramón Agosti, entre otros, tenían objetivos claros, y eran desarticular y exterminar a todos aquellos que “enfermaban” el país. Es decir, buscaban terminar con agrupaciones políticas que desde hacia tiempo se habían conformado, como por ejemplo Montoneros. El país se vio envuelto en una guerra civil, entre aquellos que estaban influenciados por lo que ocurría en el mundo, como ser la revolución cubana (1959), el marxismo, comunismo, y quienes veían a esto como una idea que llevarían al caos del país. Por este motivo, los militares, quienes habían tomado el poder, tomaron decisiones drásticas para acabar con las personas que no coincidían con su ideología. La metodología que utilizaron fue la de implementar una política de terror, que se basaba en la censura, el estado de sitio, las desapariciones de personas, las torturas, los fusilamientos, entre otros.


Dos miradas de una misma realidad


Rodolfo Walsh fue una de las figuras más emblemáticas y representativa de esta camada de escritores que se oponían a las políticas implementadas, ya que al cumplirse el primer aniversario del golpe de estado, es decir, en 1977, decidió difundir una carta abierta a la Junta militar. En ella cita los motivos que lo incentivaron a redactarla, entre ellos, la desaparición de sus amigos, el fusilamiento de su hija Victoria, la persecución a intelectuales, pero también por la imposibilidad de dejarlo ejercer libremente su derecho a escribir. Y a modo de graficar estos hechos, en el escrito relató con mucha precisión lo cometido hasta ese momento por los militares. Walsh había citado cifras tales cómo: “quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados…”, las mismas dan cuenta de lo que el golpe estaba haciendo. Asimismo, le cuestionó a la Junta si el fin de exterminar con la guerrilla justificaba los medios que estaban utilizando.
Al mismo tiempo, Walsh de encargó de describir lo que sucedía a nivel económico, explicando que el gobierno de facto era parte del gobierno que ellos mismo habían derrocado, y que la política económica no iba a variar, sino por el contrario, se iba a empeorar. En la carta Walsh cita: “un aumento del 722% en los precios de la producción animal en 1976 define la magnitud de la restauración oligárquica… El espectáculo de la bolsa de comercio donde en una semana ha sido posible para algunos ganar sin trabajar… la rueda loca de la especulación en dólares, letras valores ajustables…desnacionalizando bancos se ponen el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera…”. El periodista, por todos lo medios, buscó describir la realidad de un pueblo, que estaba silenciado por el miedo y el terror.
La carta de Rodolfo Walsh fue escrita en pleno proceso. Sin embargo, su difusión fue escasa y recién con la vuelta de la democracia fue posible que le llegue a todos. Cabe resaltar que todos lo escritos clandestinos, por aquel entonces, se repartían de mano en mano, ya que los medios de comunicación, también estaban vigilados por la Junta. Entonces, se hacía imposible la difusión masiva. No obstante, aquellas personas que escribían en las sombras buscaron la manera de que sus relatos perdurasen en el tiempo, como lo hizo Rodolfo Walsh, quien fue secuestrado y aún continúa desaparecido, al otro día de escribir esta carta.
Walsh, si bien era un ciudadano y formaba parte de la sociedad, también era un militante activo de Montoneros, por lo tanto, sus escritos tenían una visión política y con su carta abierta, relató los hechos con información exacta y desde la perspectiva de militante. Sin embargo, también hubo escritores como Dal Massetto, que no hicieron callar su voz, y relataron los hechos que vivía el país, pero desde la visión de un ciudadano, que no tenía relación alguna con la política, pero que a su vez tenía coaccionada su liberta de expresión y pensamiento. Es el caso del cuento “Hay unos tipos abajo”, de este autor, que relata la historia de un joven que se siente perseguido por los militares. En este relato, se describe la sensación de persecución, miedo, y terror, con la que vivía el pueblo argentino. Dal Massetto, con su historia, buscó relatar cómo la sociedad vivía estos hechos. Por un lado, ejemplificó a aquel sector de la sociedad que se veía afectada y se sentía amenazada por esta política, como es el caso del personaje principal, Pablo, quien pensaba que lo tenían “marcado”, y por ende su vida se había convertido en una especie de paranoia. Y otro sector de la sociedad, que no veían o sentían que pudiesen ser secuestrados, ni muchos menos, al no estar involucrados en la política. Esto se observa cuando en el cuento Pablo busca refugio en la casa de un amigo, y la esposa de éste le pregunta porqué lo perseguían y si en algún momento se había involucrado en la política. Asimismo, en el relato, se deja entrever que una parte de la población no se dejaba afectar demasiado por lo que sucedía, ya que casi todos salieron a festejar el triunfo de Argentina en el mundial 78, mientras que sólo a unos metros del estadio de River, había personas que estaban siendo torturadas. En suma, Dal Massetto, ejemplificó las diferentes sensaciones que tenían las personas en ese entonces, como ser el miedo, al indiferencia, la manipulación, la persecución, entre otras.


La caída


Cuando la Junta Militar se dio cuanta de que su tiranía estaba llegando a su final, decidió provocar una guerra, cuyo fin era anunciado. Es decir, quisieron encontrar otro medio para seguir en el poder, al observar que su política ya casi había sido vencida. Por esto, en 1982, enviaron a las Islas Malvinas a un grupo de jóvenes argentinos, con el fin de declararle la guerra a Inglaterra, y volver a dominar el territorio, que alguna vez había sido argentino. No obstante, los escritores disidentes, tampoco dejaron de cumplir con su rol, y este fue el caso de Rodolfo Fogwill, que mientras transcurría la guerra relató “Los Pichiciegos”. Su relato se basó en escribir cómo un grupo de soldados desertores intentaban sobrevivir en la isla, y para esto habían construido un refugio bajo tierra. Mediante los diálogos de estos soldados, Fogwill, intentó transmitir el pensamiento del pueblo argentino. Los desertores se dividían en provincianos y porteños, quienes disentían en lo que pensaban. Sin embargo, ellos tienen una postura sobre Videla y Galtieri. Muchos de ellos eran conscientes de lo que el país había sufrido, mientras que otros se negaban a creer las barbaries que se decían de la Junta. Con lo citado anteriormente, Fogwill dejó leer entrelíneas que el gobierno de facto no pudo hacer callar a los que pensaban distinto, ni siquiera dentro de su misma fuerza, que era el ejército enviado a Malvinas.
El Proceso de Reorganización Nacional, que comenzó el 24 de marzo de 1976, tenía objetivos claros, uno de ellos era exterminar al fenómeno subversivo. Cualquier idea que se opusiesen a la de ellos era considerada subversiva, y por ende buscaban eliminarla. Los métodos: censura, miedo, terror…Sin embargo, y a pesar de que pretendían homogeneizar el pensamiento y que no se difundan ideas disidentes, hubo personas que desde algún sitio contaron la verdadera historia y la realidad de los hechos, tal es el caso de escritores como Walsh, Dal Massetto, Fogwill, entre otros. Gracias a estos autores, que cumplieron sus objetivos, sin someterse al terror, hoy en día, es posible ser conocedores de una historia que pretendió ser silenciada.

La espera

-¡Sandra escóndete por favor! Los milicos están en la calle y me parece que me vinieron a buscar.
- No mi amor, como te voy a dejar solo.¡Yo me quedo acá!.Que nos lleven a los dos…
- Vos te metes en el placard, cuida a nuestro futuro bebé y no salgas por nada del mundo. ¿Entendiste?
Fue esta las últimas palabras que oyó Sandra de Juan, su esposo. Luego, ella escucho que ingresaron unos cuantos hombres, quienes trataban violentamente a su marido, diciéndole dónde estaban los “zurditos” de sus compañeros y que lo iban a hacer boleta.
Sandra recuerda que estuvieron varios minutos revolviendo toda la casa, aunque el único sitio que no pesquisaron fue el placard, lugar donde estaba escondida ella, junto a su panza de cinco meses de embarazo. Luego escuchó ruidos de motores, que le hicieron recordar a de los falcones, y al rato todo quedo en silencio. Al principio, ella había quedado inmovilizada, no podía reaccionar. Sin embargo, las fuertes contracciones hicieron que saliese de donde estaba escondida.
La sorpresa fue mayor cuando divisó todo su hogar revuelto. No podía controlar su llanto desesperado, por su impotencia de no poder hacer nada y de no saber que futuro le depararía a Juan. Se dirigió como pudo a la cocina y fue allí donde observó que arriba de la mesa había un libro de García Márquez que chorreaba sangre. Ahí empezó a entender lo que estaba ocurriendo.
Después de un rato, y recién cundo pararon las contracciones se dirigió a la casa de su hermana Mirta, quien también había militado en la Juventud Peronista, y desde hacía un tiempo de trasladaba de una casa a otra para no ser encontrada por los militares. Su hermana intentó tranquilizarla y explicarle que lo mejor era esperar unos días para averiguar sobre el paradero de Juan.
A los días de aquel trágico episodio, Sandra junto con Mirta se acercaron a la comisaría más cercana. Allí radicaron la denuncia correspondiente, contando a medias tintas cómo fueron los hechos. La respuesta del policía que les tomó la denuncia fue que había que esperar, pero que ellos se encargarían de averiguar donde estaba su esposo. Lo cierto fue que los días pasaban y no tenían noticia alguna de Juan.
A los 15 días, Sandra volvió a ir a la misma comisaría. Esta vez, la respuesta fue que Juan Altamirano se encontraba, en lo que hoy, 30 años después del golpe de 1976, se conoce como “El Pozo de Bandfield”. Además, le habían dicho que no intentase ir ya que iba a ser en vano, no lo iba a poder ver, ni tener contacto con él.
Sandra le contó esto que le habían dicho a su hermana, pidiéndole que la acompañase hasta
Bandfield. A Mirta le pareció una locura, porque creía que si iba, a ella también la iban a detener ahí. No obstante, luego de discutirlo por largas horas, llegaron a la conclusión de que irían.
Mientras tanto, Sandra aún recuerda aquel sentimiento de vacío e impotencia que sentía. No entendía porqué se lo habían llevado, si lo único que quería su marido era cambiar el país para que todos estuviesen mejor. Además, se preguntaba que pasaría con el hijo que venía en camino. Aunque estaba segura, por aquel entonces, de que Juan lo iba a conocer.
Ya había pasado un mes, y no sabían nada de Juan. Era momento de ir hasta Bandfied. Esa mañana se había levantado con la esperanza de encontrarlo y de que se acabase esa pesadilla. Por este motivo y sensación, se dirigió a Bandfied junto con Mirta. Al llegar, nadie le prestaba atención, hasta que después de algunos gritos de Sandra se acercó un comisario, quien las hizo pasar a su escritorio. Mirta relató los hechos, ya que Sandra no podía pronunciar palabra debido a su angustia. Según cuenta Sandra, el comisario parecía desinteresado y desplegaba una sonrisa irónica mientras su hermana hablaba. Luego de escucharla, la respuesta de aquel señor fue: “No busquen más a Juan. Él ya está en la calesita”.
Ninguna de las dos entendió esta respuesta en aquel entonces. Prefirieron pensar de que aquel comisario no sabía nada y había dicho lo primero que se le ocurrió. No obstante, los meses pasaron y en ese lapso nació Ignacio.
Hoy, Ignacio tiene 30 años y no conoce más que por foto a su padre. Sandra se ha encargado de contarle una y otra vez cómo y en qué circunstancia fue la última vez que vio a Juan. Ella dice que jamás se podrá olvidar de aquel 20 de julio de 1976, y que vivirá por siempre en su memoria emotiva aquel día. Sin embargo, está segura de que su historia de amor con Juan sólo cambió de escenario y que cuando Dios quiera la continuarán en otro lugar.

La memoria que duele

Era un domingo nublado; típico día que se prestaba para la reflexión y la melancolía. Liliana García, de 55 años, se había levantado temprano para ir a comprar los diferentes diarios. Ella era una fanática de las noticias, y esto era lógico, ya que era periodista. Sin embargo, esa mañana estaba triste y no tenía a nadie con quien canalizar su angustia, porque vivía sola. Además, siempre había sido muy reservada, introvertida y daba la impresión de ser alguien muy poco feliz.
Leyó uno por uno los periódicos, mientras tomaba sus mates amargos y se fumaba el primer cigarrillo del día. Sin embargo, su cabeza estaba en otro lugar y cada rato se quedaba quieta fijando su mirada en la pared. Luego, se largó a llorar como hacía tiempo no lo hacía. Después de un rato, se dirigió al baño, se lavó la cara, y pasó por su dormitorio. Abrió un cajón que tenía abandonado y casi nunca lo tocaba. De allí sacó dos fotos. De inmediato, agarró su abrigo y cartera y salió.
Camino sin rumbo durante casi una hora, mientras se fumaba un cigarrillo tras otro. Finalmente llegó a la puerta de una casa, que daba el aspecto de abandonada. Tenía unas rejas bajitas, color blanco; un jardín con los pastos muy crecidos, y una puerta de chapa, que parecía estar baleada. Liliana abrió la puertita de las rejas e ingresó. Luego, permaneció inmóvil durante unos cuantos minutos, hasta que se arrodillo en el pasto y nuevamente rompió llanto. Al rato, se sentó y sacó las fotos de su bolso. Las miró una y otra vez. En ese momento, remontó su memoria hacia el pasado.
Comenzó a recordar, cuando ella tenía 23 años y casi estaba terminando su carrera. Su papá, llamado Carlos, estaba muy orgulloso de ella, ya que él era un obrero y jamás había podido estudiar. Sin embargo, ambos compartían una misma pasión, que era la política. Desde muy pequeña, Carlos, le había explicado quién había sido Perón y las cosas buenas que había hecho para el país, pero por sobre todas las cosas para con la clase trabajadora. Liliana mamó esta admiración por el peronismo, y cuando llegó a la facultad no dudó en incorporarse a una agrupación, y esa fue La Juventud Peronista.
Liliana participaba activamente en su agrupación, y fue en una marcha donde conoció a Horacio. Durante el reclamo se generaron corridas, la infantería estaba reprimiendo y ella, en la corrida, se había caído. Fue Horacio, quien sin conocerla, la agarró del brazo y la sacó de ese caos. Así fue como nació el amor entre ambos.
En el país las cosas estaban cada vez peor. Como jefe de gobierno estaba Isabel Martinez de Perón, quien se notaba que no tenía la capacidad para resolver el conflicto social. La economía se caía en pedazos, y mientras tanto, empezaba a actuar la Triple A. Fue entonces, cuando Horacio y Liliana notaron que algo malo se avecinaba, ya todos sus compañeros de militancia hablaban de la posibilidad de un golpe de estado. Es ese lapso Liliana se recibe de periodista y al poco tiempo se casa con Horacio. Su casamiento fue sencillo, sólo por registro civil, y participaron de un almuerzo las personas más allegadas. Como no tenían donde vivir, decidieron mudarse a la casa del papá de Liliana.
El 24 de marzo de 1976 se desayunan con un comunicado, que decía que la Junta Militar había tomado el gobierno. Esta noticia desestabilizó tanto a Liliana, como a Carlos y a Horacio. Ella estaba a punto de dar a luz a su primer hijo, quien se llamaría Juan, como el General Perón. Sin embargo, sabían de que debían mudarse de un lugar a otro para no ser capturados por los militares.
Mientras tanto, seguían reuniéndose todas las noches con sus compañeros de militancia. En esas largas noches de charla, Horacio hacía entender a los demás, y a la misma Liliana de que tenían que seguir unidos y derrocar de alguna manera a ese gobierno de facto.
El 5 de abril nace Juan, por parto natural. Liliana sólo permaneció un día en el hospital y de inmediato volvió a su hogar, no era seguro exponerse. Sin embargo, a partir de allí su vida se volvió un caos. Junto con el bebé, Horacio y su padre, quien también participaba activamente en el sindicato de los obreros, debieron trasladarse de una casa a otra. Horacio le decía a Liliana todos los días que estaban marcados, y que no faltaría mucho para que lo vayan a buscar. Al mismo tiempo, debieron cambiar su aspecto. Horacio y Carlos se dejaron la barba, usaban anteojos y se vestían más formales. Mientras que Liliana, se había dejado el cabello más largo y teñido de color caoba; y había optado por abandonar su ropa hippie por trajecitos.
Era un sábado a las 8 de la noche, cuando Liliana decide dejar a Juan con Horacio y Carlos, mientras ella se iba a juntar con sus colegas a redactar las noticias de la semana, para unos panfletos que circulaban clandestinamente. Se despidió como de costumbre, avisándoles que volvería cerca de la medianoche.
La casa de su colega quedaba tan sólo a dos cuadras de su hogar. Cuando eran las 10 de la noche, Liliana oyó el ruido del motor de un helicóptero. Al rato se escucho una seguidilla de disparos, que no cesaban. Entre sus amigas comentaron que, seguramente, los hijos de puta de los milicos estarían fusilando a alguien. Sin embargo, Liliana sintió una gran angustia. Al rato de esta situación, ella decidió retirarse de la reunión. Camino hacia su hogar, con el presentimiento de que algo malo había ocurrido. Cuando llegó a la esquina de su casa divisó que había varios patrulleros. Preguntó que había ocurrido, pero los vecinos no le querían decir nada. Liliana corrió desesperada, a los gritos, al observar que su hogar estaba todo baleado. Intentaron pararla, mientras que un señor se acercaba. Ese mismo señor le pidió que se identifique. Al saber quien era, solamente le dijo: Lo lamento mucho. Tres fueron las víctimas de este enfrentamiento, entre ellos, su padre, marido e hijo.
Liliana abrió los ojos, y se encontraba otra vez en aquel jardín, que hacía 30 años no pisaba. Estaba ahogada en lágrimas y abrazaba la foto de Juan, Horacio y Carlos, balanceándose. Luego se paró, miró por última vez la casa, las fotos y con mucha fuerza grito: ¡Justicia! ¡Nunca más!...